El Hospital Psiquiátrico San Camilo, en Bucaramanga, encendió las alarmas por la creciente crisis en salud mental que atraviesa Santander y la región. Con una ocupación que rara vez baja del 90 % y que en muchos días alcanza el 100 %, la institución advierte que su capacidad instalada está al límite mientras aumenta la llegada de pacientes con cuadros graves de depresión, psicosis y adicciones.
La gerente del hospital, Natalia Ojeda, aseguró que los servicios están prácticamente saturados: “Las hospitalizaciones y los programas están llenos. Puedo decir que hay días en que estamos al 100 % de ocupación, y nunca por debajo del 80 %”. Esta situación refleja que la demanda supera ampliamente los recursos disponibles.
Los datos más preocupantes recaen en hombres jóvenes y adultos, con edades entre los 12 y 49 años, quienes representan la mayoría de casos graves. El consumo de sustancias psicoactivas aparece como uno de los principales detonantes de cuadros clínicos asociados a esquizofrenia, ansiedad y depresión.
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Los síntomas con los que ingresan los pacientes evidencian la magnitud del problema: episodios de agresividad, violencia, alucinaciones y alteraciones severas del sistema nervioso central, situaciones que ponen en riesgo tanto al propio paciente como a su entorno cercano y que requieren atención inmediata y especializada.
“Lo que más atendemos en hombres, tanto en consulta externa como en hospitalización, son trastornos mentales y del comportamiento asociados al consumo de drogas”, puntualizó Ojeda, dejando claro que el fenómeno trasciende el ámbito clínico y tiene profundas implicaciones sociales.
La crisis no solo afecta a Santander. Con una capacidad instalada de 358 camas, el Hospital San Camilo también recibe pacientes remitidos desde Boyacá, Arauca y Norte de Santander, lo que representa cerca del 8 % de su carga hospitalaria. Esto incrementa la presión sobre una red de atención que ya se encuentra al borde de la saturación.
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Expertos en salud pública advierten que los trastornos mentales han aumentado de manera sostenida en los últimos años, impulsados por factores como el consumo de drogas, la violencia, la pobreza y las secuelas de la pandemia. Sin un fortalecimiento urgente de la infraestructura y las estrategias de prevención, el panorama podría agravarse.
El hospital insiste en que se requieren políticas públicas más contundentes que reconozcan la salud mental como una prioridad. Esto incluye ampliar la capacidad hospitalaria, fortalecer la atención ambulatoria y garantizar programas de acompañamiento psicosocial que permitan descomprimir la presión sobre los servicios especializados.
El mensaje es claro: la crisis de salud mental en Santander ya desbordó las camas de San Camilo y amenaza con convertirse en una emergencia silenciosa que afecte cada vez a más familias de la región y el país.



