En Santander, la educación sigue siendo un privilegio desigual para las mujeres del campo. Aunque el departamento exhibe avances urbanos, un reciente informe del Observatorio de Mujeres, Equidad de Género y Sociedad (OMEGS) reveló que siete de cada cien mujeres rurales aún no saben leer ni escribir, una cifra que expone la profundidad de las brechas territoriales y de género.
El boletín Género y territorio: brechas educativas de las mujeres rurales en Santander, elaborado por la UIS en alianza con la Gobernación de Santander, muestra que el rezago educativo se acentúa fuera de las ciudades. Mientras en el área urbana el analfabetismo femenino apenas roza el 2,7 %, en las zonas rurales asciende al 6,7 %, un indicador que supera también la tasa masculina rural.
Más allá del promedio, las diferencias por edades plantean un panorama alarmante. El 21,2 % de las mujeres rurales mayores de 60 años no sabe leer ni escribir, una proporción que triplica la de sus pares urbanas. Entre las jóvenes de 15 a 28 años, la brecha también es tres veces mayor en el campo que en la ciudad, lo que demuestra que el rezago no es solo histórico, sino persistente.

El informe advierte que estas cifras no solo reflejan deficiencias en el acceso a la educación, sino una cadena de desigualdades que atraviesa la vida de las mujeres rurales. Más de la mitad no logra terminar el bachillerato: solo el 46 % alcanza la primaria y apenas 2 de cada 100 consiguen graduarse de la universidad. En contraste, en las ciudades el panorama mejora ampliamente: 20 de cada 100 mujeres urbanas culminan la educación superior.
Factores estructurales siguen marcando la ruta del abandono escolar. La dispersión geográfica, las largas distancias a los colegios, la falta de infraestructura y conectividad y las limitaciones económicas condicionan el acceso. Además, según la Encuesta de Calidad de Vida del Dane, las mujeres rurales enfrentan barreras específicas: el 31,9 % deja de estudiar para asumir oficios del hogar y el 11,8 % por embarazo, mientras que entre los hombres la principal causa es la necesidad de trabajar.

Si bien en niveles de cobertura los hombres rurales superan a las mujeres en primaria y secundaria, ellas logran mejores indicadores en la educación media. No obstante, el Observatorio insiste en que los avances no son suficientes frente a los desafíos actuales.
El OMEGS concluye que cerrar el analfabetismo y elevar la escolaridad de las mujeres rurales requiere políticas públicas sostenidas que transformen su entorno: inversión en infraestructura educativa, acceso a servicios básicos, ampliación de la oferta, incorporación tecnológica y un currículo pertinente para los territorios.

“Una mujer rural con mayor educación es un eje transformador de su vida, su familia y su comunidad”, señala el informe, insistiendo en que la equidad educativa es el primer paso hacia la autonomía económica y social.
A pesar del avance urbano, el acceso a la educación en el campo continúa evidenciando las profundas desigualdades de Santander. El reto es claro: garantizar que nacer en zona rural no siga siendo sinónimo de menos oportunidades.



