En las montañas de la vereda Aventino, en zona rural de Matanza, funciona un modelo ejemplar de sostenibilidad que está dando de qué hablar dentro y fuera del país. Se trata de la granja San Vicente, un proyecto familiar liderado por Marta Manrique, ingeniera electrónica que cambió los circuitos por la tierra fértil y convirtió una finca tradicional en un ejemplo de producción orgánica y autosostenible donde se destacan las frutas orgánicas.
Todo comenzó durante la pandemia, cuando Marta y su esposo decidieron regresar a la finca de sus padres. Sin empleo y con el deseo de reinventarse, empezaron a cultivar frutas y venderlas directamente en Bucaramanga. “La gente quiere comer más sano, sin intermediarios, y sentir que lo que consume viene de la tierra”, cuenta Marta en el espacio en streaming Ciudad Sostenible, un producto de METROPOLITANO.
La filosofía de San Vicente se basa en un principio sencillo: nada se desperdicia. El estiércol del ganado, las gallinas y otros animales se transforma en fertilizante natural que enriquece los suelos y potencia los cultivos sin necesidad de químicos. “La fruta se vuelve más dulce y sabrosa porque el suelo está vivo, lleno de microorganismos”, explica la productora.
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El impacto ambiental de este modelo es significativo. Según el experto ambiental Elkin Briceño, la finca opera bajo un sistema circular que conserva la biodiversidad del suelo y elimina los agrotóxicos. “No solo es bueno para quien consume, sino para el territorio y el planeta”, destaca.
El resultado se traduce en frutas de alta calidad —guayabas, limón tahití, naranjas, bananos, mandarinas, plátano y aguacates— que hoy cruzan fronteras. San Vicente y su marca Raizagua están certificados por la Unión Europea y han exportado sus productos a países del Caribe, Canadá y Suecia.
Pero el trabajo no se queda en la fruta. La finca también elabora yogur griego y dulce de guayaba endulzado con panela, todos libres de conservantes y químicos. “Queremos mantener las fórmulas originales, sin sacrificar calidad por duración en estantería”, afirma Marta.
El proyecto ha logrado inspirar a la comunidad rural vecina. Varios habitantes de la vereda participan en los procesos de cosecha y capacitación. Con el apoyo del SENA, hoy cursan un técnico en agricultura sostenible, lo que abre oportunidades de empleo y fomenta el arraigo al campo.
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“Si educamos a la gente y les mostramos que el campo puede ser rentable, se quedarán y lo cuidarán”, asegura Marta, quien también lidera gestiones para fortalecer la formación campesina en temas de lácteos, panadería y procesamiento artesanal de alimentos.
Elkin Briceño resalta que experiencias como San Vicente demuestran que el campo colombiano puede ser competitivo si se enfoca en la sostenibilidad. “No es una frase de cajón decir que el futuro está en el campo. Es una realidad que proyectos como este confirman cada día”, afirma.
A futuro, la familia Manrique sueña con abrir un punto de venta propio en Bucaramanga, donde los consumidores puedan acceder directamente a los productos que nacen del trabajo limpio y consciente de su finca.
Mientras tanto, San Vicente continúa cosechando no solo frutas, sino también reconocimiento: por su ejemplo ambiental, por su compromiso con la comunidad y por recordarle a todos que, en el corazón del campo santandereano, la sostenibilidad sí da frutos.




