En San Vicente de Chucurí, corazón cacaotero de Santander, un campesino decidió romper un ciclo que por décadas dejó al productor a merced del precio del mercado. Abdón Vesga Pineda, cuarta generación de una familia dedicada al cultivo del cacao, encabeza hoy una revolución silenciosa: convertir el grano en productos de alto valor agregado y enseñar a otros a hacer lo mismo.
El cacaocultor habló con Ciudad Sostenible de METROPOLITANO y recordó que Santander cerró el último año como el mayor productor de cacao del país, con cerca de 30.000 toneladas, el 41% de la producción nacional.
Un liderazgo que ahora toma un nuevo rumbo tras el acuerdo logrado por Colombia en la Feria Internacional de Importaciones de Shanghái, que permitirá exportar 10.000 toneladas del grano al mercado chino, un hito para municipios como San Vicente, El Carmen, Rionegro, Landázuri, Vélez, Lebrija y Puente Nacional. (Vea a continuación la entrevista de Abdón Vesga:)
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Pero para Abdón, el verdadero avance no está en los anuncios del Gobierno ni en las cifras: está en transformar el cacao desde las veredas. Por eso recuerda con orgullo el día en que, sin maquinaria ni laboratorio, comenzó a fabricar chocolate artesanal con la misma máquina de moler maíz que su familia usaba para el desayuno. “No tenía dónde hacer mis prácticas, así que monté mi propia unidad. Con esa maquinita empecé a moler, a descascarillar y a vender mi primer chocolate”, relató.
Ese inicio humilde se convirtió en un negocio que hoy ofrece chocolatinas, bombones, trufas, untables, chocolate de mesa y hasta vino, miel y jalea elaborados con la baba del cacao, un subproducto que normalmente se desperdicia. Incluso utiliza la cáscara del fruto —la cacota— para fabricar empaques artesanales y pasabocas nutritivos, aprovechando la pectina y el colágeno naturales.
Mientras su negocio crecía, otro propósito empezó a tomar forma: devolverle al campesino el control sobre el precio y la cadena de valor del cacao. “El futuro del cacao no está en el precio, sino en la transformación”, asegura con firmeza. Por eso ya inició un proyecto personal para enseñar gratuitamente a mujeres y jóvenes rurales a procesar el grano y sus derivados. Su meta: crear una escuela de chocolatería campesina en San Vicente.
Explica que mientras el precio del cacao cayó de 38.000 a 12.000 pesos en cuestión de meses, los cultivadores siguen vendiendo su producto sin tener voz sobre cuánto vale su propio trabajo. “Cuando uno transforma, uno fija el precio. No depende de nadie más”, insiste.
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Su visión va más allá de un emprendimiento. Sueña con que San Vicente de Chucurí se convierta en una “villa chocolatera”, al estilo de los pueblos suizos repletos de tiendas especializadas, pero con una diferencia esencial: aquí sí se cultiva el cacao.
Hoy Abdón vende sus productos en un pequeño local junto al parque principal del municipio, conocido como ‘Chocorí Chocolates’, donde turistas y chucureños que regresan en diciembre buscan sus vinos, chocolates y experimentos artesanales. Pero mientras atiende a sus clientes, continúa visitando veredas para enseñar cómo transformar el grano que ha marcado la historia de su familia y de toda la región.
“Es un compromiso con mi pueblo”, dice. Y en una región que ya apunta al mercado chino, su apuesta por el conocimiento podría ser la pieza que le faltaba al futuro del cacao santandereano.



