La Iglesia católica y el país despiden a una de sus figuras más influyentes en el camino hacia la reconciliación nacional. A sus 84 años, falleció en Bucaramanga monseñor Nel Heyde Beltrán Santamaría, obispo emérito de Sincelejo y Premio Nacional de Paz 2011, reconocido por su labor incansable como mediador en los procesos de diálogo con las guerrillas en Colombia.
Su muerte se produjo hacia la 1:45 p. m. de este martes 12 de agosto en la Casa Sacerdotal San José del Seminario de Floridablanca. La Conferencia Episcopal de Colombia expresó sus condolencias y elevó oraciones para que el Señor reciba en su Reino a quien dedicó su vida al servicio pastoral y a la construcción de paz. Las exequias se realizarán en Bucaramanga y posteriormente en Sincelejo, donde será sepultado.
A pocos meses de cumplir 85 años, el obispo emérito enfrentaba un complejo cuadro de salud. Un cáncer de próstata, que con el tiempo se extendió a otros órganos, sumado al avance del Alzheimer, había mermado su memoria y sus capacidades cognitivas. Estas enfermedades lo mantuvieron en una condición frágil durante los últimos años. Aunque permaneció hospitalizado recientemente, logró regresar hace algunos días a la Casa Sacerdotal, donde finalmente falleció.

Nacido en San Andrés, Santander, el 24 de diciembre de 1940, Beltrán fue ordenado sacerdote en 1964 en Barrancabermeja. Formado en Filosofía, Teología y Sociología en instituciones de Colombia y Roma, alcanzó el Doctorado en Teología Moral. En 1992, el papa Juan Pablo II lo nombró obispo de Sincelejo, cargo que desempeñó hasta 2014, cuando el papa Francisco aceptó su renuncia.
Su trayectoria incluyó cargos como vicario general de la Diócesis de Barrancabermeja, director del Secretariado Nacional de Pastoral Social, delegado para la movilidad humana y presidente de la Fundación Red de Desarrollo y Paz de los Montes de María.
Beltrán fue un actor clave en la mediación de los diálogos de paz desde los años 80, participando en escenarios como Tlaxcala (México) en 1992 y promoviendo conversaciones en los Montes de María en 1993. Siempre insistió en que la paz debía construirse con ética, mística y sin intereses políticos o burocráticos.

En palabras de su hermano, Jairo Beltrán, “fue un hombre servidor, con gran sensibilidad social, que se preparó para gastarse y desgastarse por la gente”.
Su legado queda inscrito en la historia de la Iglesia y del país como un puente entre sectores enfrentados, un defensor de la vida y un incansable promotor de la reconciliación.




