Durante su posesión el pasado 7 de agosto el presidente, Abelardo De la Espriella anunció el retorno de la aspersión aérea para frenar la expansión de los cultivos ilícitos, asegurando que la sustitución del glifosato por formulaciones de baja toxicidad garantizará durante la fumigación la protección de las fuentes hídricas, la fauna y las comunidades locales.
Según el Gobierno, el nuevo modelo contempla usar formulaciones de menor toxicidad para atacar las más de 260 mil hectáreas de coca que hay en el país según las cifras del Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (Simci) adscrito a la ONU.
Sin embargo, en el terreno agronómico y en las cuencas del Catatumbo, el debate está lejos de resolverse. La efectividad de los nuevos compuestos y la realidad social de los territorios plantean un pulso entre la efectividad militar y la resistencia comunitaria.
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La química en debate: ¿Existen los herbicidas «limpios»?
La estrategia gubernamental busca dejar atrás el histórico glifosato —distribuido por años con el respaldo logístico y económico de Estados Unidos— para adoptar moléculas alternativas de contacto o bioherbicidas. No obstante, el mercado agroquímico impone restricciones de costo y efectividad biológica.
*Glufosinato de Amonio: Comercializado por firmas globales como BASF o UPL, actúa bloqueando la síntesis de nitrógeno en la hoja en un lapso de tres a cinco días. Su valor en el mercado ronda entre los USD $22 y $35 por litro ($85.000 a $140.000 COP), lo que representa un sobrecosto de hasta el 40% frente a la fórmula tradicional.
*Bipiridilios (Diquat y Paraquat): De fabricación asiática e importación masiva, queman el tejido foliar al contacto directo con la radiación solar. Se cotizan entre USD $15 y $25 por litro.
*Bioherbicidas sintéticos (Ácidos Pelargónico y Caprílico): Extractos orgánicos biodegradables producidos en laboratorios norteamericanos y europeos. Aunque su perfil ecotoxicológico es favorable, su costo supera los USD $45 a $60 por litro, volviéndolos inviables para operaciones a gran escala.
Según expertos y agrónomos consultados, a diferencia del glifosato —que navega por el sistema vascular de la planta hasta secar la raíz—, las alternativas de contacto solo queman la masa foliar. En una planta leñosa y coriácea como la Erythroxylum coca, esto genera un efecto de poda: la hoja cae, pero el arbusto rebrota en cuestión de semanas.
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La geografía del arbusto: Dónde se concentra la siembra
De acuerdo con el monitoreo del Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (SIMCI) de la UNODC, Colombia registra una cifra crítica de 261.000 hectáreas de hoja de coca, concentradas en enclaves estratégicos de frontera y salida marítima.
Tres departamentos concentran el 62% de toda la coca del país, convirtiendo a estas regiones en el blanco primario de cualquier eventual despliegue aéreo.
En los municipios de Tibú, Sardinata y El Tarra, en el departamento de Norte de Santander, la cifra supera las 40.000 hectáreas. Para las organizaciones campesinas de la zona, el debate sobre si la gota química es o no nociva carece de sentido cuando el viento desplaza la nube de aspersión.
Líderes de la Asociación de Campesinos del Catatumbo (Ascamcat) y la Mesa de Interlocución y Acuerdo (MIA) ya ratificaron su oposición frontal a la medida:
*Deriva e impacto en la comida: Las corrientes de aire en las serranías hacen imposible confinar el producto sobre el lote de coca, afectando los cultivos lícitos de cacao, yuca y plátano, e impactando las fuentes de agua de los ríos Zulia y Catatumbo.
*Ruptura del tejido comunitario: Dirigentes locales advierten que la erradicación aérea sepulta los compromisos de sustitución gradual e inversión social integral fijados en los planes territoriales (PDET).
*Alerta de movilización: Las organizaciones anticipan que el vuelo de las primeras aeronaves desencadenará paros regionales y bloqueos, reavivando la tensión social en un territorio golpeado por la presencia de múltiples actores armados ilegales.
El plan trazado desde Bogotá para modificar la química de la aspersión enfrenta así su prueba de fuego: un territorio donde la economía de la mata de coca y la resistencia comunitaria no se disuelven fácilmente desde el aire.




