Bogotá enfrenta una crisis de salud pública silenciosa. Un estudio de la Universidad Nacional de Colombia reveló que la contaminación del aire, especialmente el dióxido de nitrógeno (NO₂) emitido por vehículos diésel, causa más de 1.100 muertes evitables cada año, incluso cuando los niveles cumplen la normativa colombiana vigente.
La investigación, que analizó datos entre 2013 y 2023, concluye que el 4,3 % de las muertes naturales en adultos mayores de 30 años están directamente asociadas a la exposición crónica a este gas. El impacto es aún mayor en enfermedades respiratorias: hasta el 12 % de las muertes por infecciones respiratorias agudas y el 6,3 % por EPOC se atribuyen al NO₂, un contaminante omnipresente en el tráfico urbano.
El análisis identificó fuertes desigualdades territoriales. Kennedy fue la localidad más afectada, seguida por Engativá, Suba, Bosa y Ciudad Bolívar. Además, el estudio halló una mayor vulnerabilidad en las mujeres, quienes presentan un riesgo más alto de mortalidad asociada tanto al dióxido de nitrógeno como al ozono.
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La pandemia confirmó la relación directa entre contaminación y muerte. Durante el confinamiento, la reducción del tráfico disminuyó las concentraciones de NO₂ hasta en un 58 %, lo que se tradujo en una caída inmediata de las muertes atribuibles. Cuando baja la exposición, se salvan vidas.
El estudio advierte que prohibir el diésel, responsable del 63 % de las emisiones de NO₂, podría reducir en un 65 % las muertes atribuibles y salvar cerca de 1.500 vidas al año. Bogotá ya tiene la evidencia científica: la contaminación del aire es evitable y la decisión de actuar es urgente.
Una medida tímida como reducir solo el 10 % de las emisiones diésel evitaría menos de la mitad de las muertes. La simulación más ambiciosa, una transición completa a una flota de transporte eléctrica y a gas natural, fue la única que llevó a Bogotá a cumplir plenamente con todos los estándares internacionales. En este escenario, las concentraciones del gas caerían un 77 % y las muertes atribuibles prácticamente desaparecerían.
Por Sophía Velandia
Especial para METROPOLITANO




